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El Gagá
Un culto a la fertilidad



Carlos Andújar Persinal

Hace mucho que las culturas humanas rinden culto a la tierra como portadora de vida, los Incas le llamaron Pacha Mama y las viejas culturas europeas, asiáticas y africanas la tienen como referente simbólica de procreación, fertilidad y fuente de vida.

Los taínos tienen en las potizas acorazonadas una excelente representación de la fertilidad en los cuellos fálicos y los círculos con puntos céntricos, que significaba la fertilidad femenina, así como los globos laterales de estas potizas, configuración de los senos de la mujer y portadores de los nutrientes indispensables para la vida.

De igual manera en las culturas africanas se celebran festividades próximas a la primavera al entrar el mes de abril, tenido como inicio de la estación del año donde las plantas reverdecen, las flores anuncian la multicoloridad de la naturaleza y las cosechas dan sus mejores frutos.

Esta relación intrínseca entre tierra, cultivo, cosecha, lluvias, florecimientos y producción agrícola, ha inclinado a la mayoría de las culturas del mundo a organizar ritos mágicos, cultos, ceremonias y festividades en homenaje a la tierra y su fertilidad y a su vez transferir, en términos simbólicos, estas convicciones a la fertilidad femenina, la reproducción biológica del grupo y la importancia que en la misma tiene la sensualidad y lo erótico en estricto apego a una secularización despojada en todo caso, de la morbosidad con que muchas veces interpretamos estos hechos producidos en las culturas tradicionales.

En la sociedad dominicana encontramos un culto de igual perfil: el gagá. Si bien es cierto que los investigadores lo han concebido como un culto socioreligioso y hasta con matices carnavalesco, no menos cierto es que conserva un conjunto de componentes que podrían ser incluidos como parte de los cultos a la fertilidad celebrados entre los africanos entrando la primavera.

En el caso de la fiesta de la cosecha o Harvest, del enclave de los negros libertos de Samaná, ésta se celebra fuera de fecha, en julio y se hace con la intención de festejar el rendimiento de la cosecha y en agradecimiento, más que todo, a los resultados de la producción agrícola de donde proviene una parte de su feligresía, es decir, es una expresión a posteriori, más que una petición, aunque entre dentro del complejo ritual de estos cultos a la fertilidad.

Aparecido éste durante la Semana Santa, con la cual no guarda similitud alguna, el gagá celebra con sus miembros, un culto muy particular que aunque está ligado al vudú no es un culto vudú propiamente. Esto así porque, presenta elementos que a la vez que lo acercan y le sirven de base litúrgica, lo distancian y convierten en una festividad con enormes manifestaciones seculares.

Independientemente de esto, este culto escenifica la más compleja representación de la lucha entre el bien y el mal encontrado entre los cultos de la religiosidad popular nuestra. Los ritos que preceden el inicio de las actividades de la Semana Santa (iniciados unos 15 días antes), van acompañados de peticiones hechas al Barón del Cementerio, donde se solicita la fuerza de un espíritu para que proteja el gagá en su recorrido y ejecuciones del jueves Santo.

Igualmente, en un macuto, se guarda simbólicamente la tierra considerada portadora del poder divino delegada por el jefe de la División de los Guedeses y confiado en ella.

En estas celebraciones se entregan cuatro días al canto, la música, la danza, la bebida, comida y la fe, recuperando el ordenamiento social el lunes, cuando es devuelta la fuerza espiritual tenida como protectora durante esos días de alegría, peticiones y sacralizad al mismo tiempo.

El jueves Santo es el día más importante de su componente sagrado que es cuando se inicia la festividad propiamente que duraría toda la noche. Al otro día, desayunan fuerte y bien temprano hacen camino hacia otras localidades y bateyes a mostrar la fuerza de su gagá. Sostenido éste por tambores rítmicos, sonidos de vientos contagiosos (los bambús), una clave de metal o cencerro, un catalié o tambor pequeño, una trompeta de metal o tatúa; reinas y mayores se adueñan de calles, caminos, carreteras y trechos del cañaveral para el deleite y regocijo de su público, en algunos casos desconocido para el grupo de gagá y viceversa, de quienes les visitan.

Los cánticos, una vez fuera del batey de origen se convierten en composiciones amalgamadas entre creol y español, entre santos y luases y temas de la vida cotidiana, haciendo alusión a palabras descompuestas, obscenas, y fuera de tono en muchos casos. El baile, que desde sus inicios es un espectáculo de sensualidad y movimientos cadenciosos muy sugerentes, en las calles y caminos pierde la sobriedad y control sagrado de la enramada, para invitar a su embriagado movimiento.

Así mismo, los tambores son el corazón mismo del gagá, su enfriamiento se considera el resultado de un güangüá y se cuida como la niña bonita, debido a que en el batey lo es la fogata, una vez desplazados de éste, la fuerza mística la encarna el tambor que a pie, encabeza la banda musical.

Se agradece por el bienestar del año, los participantes se embadurnan con un brebaje preparado técnicamente por un especialista del grupo que combina cualidades de plantas y raíces para producir la llamada "botella mágica” que les acompañará durante todo el trayecto de los días viernes, sábado y domingo de resurrección.

El luá (misterio o ser) más importantes entre otros lo constituye Gan Bois, y cuyo lugar de reverencia es un árbol de los más viejos y emblemáticos de la comunidad, alrededor del cual se hacen varios ritos durante la noche. Extrañamente encontramos ese árbol como centro de invocación, que podría guiarnos, con el valor y la fuerza del símbolo en la cultura, a la tierra y su fertilidad.

No olvidemos que estas celebraciones están estrechamente relacionadas con las áreas productores de azúcar y los campos aledaños, en todo caso guardando la distancia, pues esta vez estamos ante destinos de la producción diferentes: mientras que allá en África se trata de la producción de la comunidad, aquí el beneficiado de la producción lo sería el colono productor de caña. Sin embargo, es importante cómo encontramos una parafernalia simbólica curiosamente familiar a estos cultos a la fertilidad de la tierra.

Por su desconexión con las ceremonias de la Semana Santa católica, llegamos a la conclusión que a lo que más se parece el gagá es a los cultos de la fertilidad en el mundo africano, en los cuales el canto, la música, la máscara (es decir el símbolo, el referente), la sensualidad de sus danzas, la obscenidad de sus letras, la tierra, la naturaleza y la liturgia se entrecruzan para tejer una petición a los dioses implorando buena cosecha y bienestar para el grupo. Algo muy parecido a los fines que se persigue en nuestro gagá.

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